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INICIO OPINIÓN     Miércoles, 1 • Marzo • 2017

Columnista invitado

Carnavales


Está pendiente la transformación simbólica del Carnaval de Mérida para que adquiera códigos más originales y libere, realmente, fuerzas populares dormidas.

Carnaval de Oruro, Bolivia
La industria mundial del espectáculo vende los vistosos carnavales de Rio de Janeiro, Tenerife o Venecia. Otros carnavales, sin embargo, gozan de una importancia cultural tal, que la Unesco los ha calificado patrimonio de la humanidad. Los carnavales de Bélgica, de Zambia y Barranquilla están en esa lista.

El carnaval de Oruro, una de las ciudades bolivianas con mayor población indígena, obtuvo en 2001 la nominación de "obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad".

¿Dónde se sitúa nuestro Carnaval en este rango?

Mijail Bajtín (1895-1975) fue un crítico literario y filósofo de la cultura que enseñó en la Universidad de San Petersburgo. En una de sus investigaciones "La cultura popular en la edad media" desarrolla el concepto de carnavalización. El intelectual ruso le llamó así a todo proceso derivado del pueblo, mediante el cual la comunidad realiza rituales colectivos y escenificaciones teatrales para subvertir el orden que se le impone, logrando desatar las energías reprimidas.

En estas fiestas, se expulsan todos los controles para caer en los brazos del vértigo, la locura creativa y la profanación de instituciones oficiales y religiosas. En la burla carnestolenda, Bajtín ve resistencia, liberación y ruptura del orden: los hombres son mujeres o animales, los santos diablos, los pobres ricos y los cuerdos transforman sus almas en las de locos.

Los bailes y las músicas, las máscaras y sus significados son reconstrucciones de un pasado feliz y orgiástico previo a las exigencias de la cuaresma.

En Cerdeña, por ejemplo, los carnavales comienzan con el fuego de San Antonio, decenas de piras con ramas de Madroño alrededor de los cuales la comunidad rompe el aislamiento invernal, se santigua, baila y degusta las comidas tradicionales como las alubias con tocino aderezadas con vino sardo. Ya después vendrán las peregrinaciones de los enmascarados de animales y demonios que evocan religiones profanas y misteriosas.

En Oruro, Bolivia, a lo largo de todo el año, trabajan talabarteros, artesanos, modistas, diseñadores de máscaras y folkloristas para re escenificar complejos ritos sincréticos de la cosmovisión aymara y quechua que mezclan el amor a la Pachamama con la devoción a la virgen de la Candelaria. Además, las comparsas de las endiabladas se asocian con momentos históricos de la independencia colonial donde los perseguidos tenían que disfrazarse para no ser ejecutados. Aunque el carnaval vive y muere en una semana, la conformación de clubes, agrupaciones, escuelas, consolida la identidad de un pueblo que produce sus máscaras, bandas musicales, bailes en torno a las leyendas y mitos precoloniales e independentistas.

Los carnavales de Mérida son fiestas del comercio al servicio de la cultura del consumo. Sus códigos son simples: miles de personas acuden a "gustar" un derrotero de carros alegóricos y comparsas financiados por marcas comerciales que atraen las miradas mediante jóvenes bailarinas, artistas de televisión, héroes de la última telenovela del narco o batucadas contratadas por empresas cerveceras para animar el tiradero de muestras gratis de productos y convocar al concierto masivo que venderá cerveza y tiempo aire de radiodifusoras.

El pueblo no hace nada más que gustar, comer, beber y, en todo caso, bailar o cantar con el regguetonero de moda. Las comparsas y sus disfrazados representan cualquier cosa y no construyen ninguna narrativa de transgresión profunda de la realidad. La fuerza devastadora y revolucionaria de la burla popular se ha convertido en el éxtasis de la cultura comercial. La resistencia ha sido desarticulada o domesticada con los códigos del espectáculo de masas.

Sólo queda el alcoholismo y los cuerpos con minúsculos vestidos, como homenaje a la vitalidad creativa de un pueblo. Los pocos símbolos identitarios que existen en nuestro carnaval son: a) el teatro regional discretamente presente en la quema de Juan Carnaval, b) el derrotero del lunes con tríos, jaranas e hipiles y c) Jacarandoso I, ausente este año, que es el único ejemplo paradigmático de gestión popular: profesor de baile de su comunidad, autogestor de sus comparsas y mantenedor barrial de los gremios -a punto de desaparecer- en San Sebastián.

Encima

Renán Barrera Concha concretó en su administración el traslado de esta fiesta comercial del Paseo de Montejo al recinto de la feria de Xmatkuil controlando la basura, la inseguridad, los orines y todos los problemas de tráfico que la ciudad padecía, cosa que muchos meridanos le agradecemos.

Está pendiente la transformación simbólica de una fiesta para que adquiera códigos más originales y libere, realmente, fuerzas populares dormidas. Para eso, se requiere reflexión antropológica, visión cultural estratégica y políticas públicas de mediano plazo. Y no se les ve en ningún lado.

Acerca del autor:

Irving Berlin Villafaña

Antropólogo, con estudios de maestría y doctorado en Ciencias de la Comunicación, egresado de la Universidad Autónoma de Yucatán, de la Universidad Internacional de Andalucía y de la Universidad de La Laguna, España.

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